Durmiendo con el enemigo.

Acabo de terminar de ver los últimos diez minutos de la película, que empecé hace una semana y como no pude aguantar el desenlace, la abandoné.

No esperaba (o quizás sí) el ataque de llanto que me sobrevino mientras veía a Sara (Julia Roberts) apuntar con el arma a su ex pareja, mientras me debatía entre el horror y la piedad. Sí, la piedad.

Porque es increíble cómo alguien puede hacerte tanto daño y al mismo tiempo despertarte lástima, y también culpa al intentar defenderte un poco de eso que te hace tan mal pero no podés cortar.

Por un momento sentí que junto con el llanto vendría emperejado un ataque de nervios, entonces recurrí a este espacio apra desahogarme.

Porque quizás ahora, luego de tantos años, estoy canalizando todo el mal que me hicieron. Y porque quizás, y quizás por eso mismo la reacción dramática, aún siento un poco de miedo.

Miedo, yo, que siempre me sobrepuse a lo vivido (a esto en particular) de manera heroica, orgullosa de la huida, y ante una escena audiovisual o un tono más alto de la voz que me habla, me encojo aterrorizada. Miedo, sí, ante algo que al parecer creía superado pero puede que esté más presente que nunca…

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A los inadaptados

a los que abandonaron su inocencia demasiado temprano

a los que tuvieron que jugar a ser adultos sin haberlo pensado

a los que no tienen la culpa de lo que les ha pasado (a todos)

a los índigo, a los superdotados, a los discapacitados

a todos aquellos que no recibirán un regalo

(también a todos aquellos que recibirán muchos regalos)

a los que sueñan con reconciliar a mamá y a papá

a los que esperan un hermanito

a los que no quieren un hermanito

a los que ríen tan fuerte que interrumpen la siesta del papá

a los que lloran tan alto que desconciertan a la mamá

a los que imitan pasos y a los que se sienten adoptados

a los que son tus hijos sin que los hayas concebido

a tus nietos, a tus sobrinos

a los pequeños artistas y también a los científicos

a los que comparten sus juguetes y a los esconden lo poco que tienen

a los silenciosos, a los reprimidos

a los bulliciosos  y extrovertidos

a todos aquellos que son intentos precoces de mamá y papá

a los que crecen demasiado pronto

a los que crecieron y siguen jugando

a los que conservan las ganas de seguir imaginando

a los que pueden revolcarse en el pasto aunque luego les duela el cuerpo

a los que antes de irse a trabajar bailan delante de un espejo

a todos los niños de la vida, hoy y siempre, Feliz Día.

 

 

 

 

 

 

Paisaje urbano tan subestimado

amado por sus formas, sus luces y sus sombras

sitio de encuentros a toda hora,

aunque sabemos que de noche todo nos hiper-asombra.

Sentados en una escalinata eterna,

el sol nos sorprende en duermevela.

Somos dos, como uno, perdidos en el mundo

Somos todo lo que siempre soñamos,

hasta que por fin nos despertamos.

Perseguimos aves, nos desperezamos

el resabio del alcohol nos tiene atados

Nos miramos como siempre

a lo largo de tantos años

A lo largo de tantas vidas,

donde fuimos y donde estamos.

Te encuentro aún más sabio

como si hubiésemos fumado engaños

Me dejás por un instante a un lado

para volver con los pies atados.

 

 

 

¿Cuánto tiempo debe pasar para transformar un capricho en deseo real?

¿Cuánto tiempo para que mirarte no sea un espejismo, para que no quemes cuando te abrace?

¿Cuántas versiones de mí misma debo intentar para que elijas una y la adores para siempre?

¿Cuántas veces tengo que decirte que no te quiero para que la psicología inversa te imante a mis manos?

Cuántas veces, me pregunto, y me respondo con un mantra agónico que nunca acaba de perecer:  ¨Mientras viva, por siempre…¨

Un cuerpo,

dos cuerpos.

Dos cuerpos que son uno en una simbiosis escalofriante,

Dos cuerpos que están lejos pero se sienten uno dentro del otro,

como un par de muñecas rusas abandonadas por las demás.

Dos cuerpos, dos mentes, un sólo corazón

compartido, destruído, reunido.

Dos cuerpos que se atraen, cual polos opuestos, 

y que se voltean, para repelerse a su antojo.

Dos cuerpos que se miran a través de sus pares de ojos, 

indagando a través de sus pupilas en lo más hondo del otro.

Dos cuerpos siameses, recortados, separados. 

Un alma añeja, demasiado inmensa como para caber en uno solo.

Un alma que nos habita y nos rehabilita, cada vez que dudamos de nuestra realidad.

Somos nosotros, a lo lejos, daltónicos ante tanto color, 

que se vuelve gris al aproximarnos.

 

Manía.

Hola, Mundo.

Buen día, Mundo!

Hoy piso primero con el pie derecho, y si lo hago con el izquierdo qué mas da. Todo lo que toco lo convierto en oro, porque eso es de lo que estoy hecha. Como la mano de Midas, como los ojos de una leona, todo refulge en cuanto lo pienso.

Me gusta el Sol, me encanta la lluvia. Piso un charco y es él el que protesta, pierdo un colectivo y es él el que se pierde de llevarme abordo.

Encaro a todo el mundo, y todo el mundo me sonríe. No puedo más de tanta suerte, no me cabe tanta felicidad. Lo quiero todo y lo quiero ahora. Sí, ahora, por favor.

Antes de que sea demasiado tarde, antes que este estado desaparezca y me vuelva a abandonar hasta quién sabe cuando. Lo quiero todo y lo quiero ahora: quiero una fiesta, quiero hacer el amor una noche entera, quiero meterme cosas nuevas en la cabeza, antes de que el interés se desvanezca.

Quiero encontrar algo antes de volver a perderme. Quiero que este estado maníaco dure para siempre, que la sonrisa se me implante en la cara, absurda, plástica, exagerada. Quiero sonreír como una loca, que nadie me cuestione como cuando lloro. Porque parece que en este mundo se cuestionan más las verdaderas lágrimas que las falsas alegrías.

Y en cuanto a los demás, no se si prefiero mirarlos con desdén o sentarme veinte escalones por debajo de ellos, de cualquiera. Porque en este estado o en el otro no poseo iguales. Podés ser una mierda por ahora, porque dentro de poco la mierda seré yo. No se exactamente cuándo, pero dejame denigrarte. Dejame disfrutarlo, porque sé que en el fondo esto no es más que una ilusión.

Soy un holograma de la felicidad. Si me mirás con atención podés ver mis bordes extraños, mi disociación acostumbrada, mis perfiles multicolores. Dame luz y me ilumino. Pero dame mucha, porque mis sombras son demasiado oscuras. Inflá una nube sobre mi cabeza que enseguida la haré llover.

Pero hoy no. Hoy no te necesito para nada. Soy mi propia luz, y proyecto mi sombra donde quiero. Encima tuyo, por ejemplo.

2016.

Cada fin de año digo que va a ser el último balance que escriba porque se me da por pensar que son estúpidos y un tanto egocéntricos. Digo, no a todo el mundo le interesa saber cómo me fue en estos 365 días que pasaron; pero después pienso que al que no le interese simplemente que no lea. Después de todo, escribir este tipo de cosas está en mi esencia y hace años que vengo haciéndolo.

Si tengo que ponerle una nota del 1 al 10, pongo un 7,5. Apenas aprobado, y un poquito más. No es un ocho por cuestiones personales, no es un diez por cuestiones de personas cercanas a las que amo y cuyas vidas me afectan tanto como a ellas mismas.

Por mi parte, en líneas generales no difirió al año pasado, o al anterior. Rutinariamente, digo, porque fuera de eso me han sucedido una mudanza (y el apostar de nuevo a muchas cosas), y el cambio de empleo, el corte tan ansiado a un ambiente que no me estaba haciendo bien. También empecé a tomar clases de teatro, y al poco tiempo dejé. Me arrepiento, si, pero descubrí que me gustó y que intentaría retomar de nuevo.

También me anoté en la facultad, para volver a la vida universitaria el año que viene. Supongo que eso va a volver a estabilizarme la líbido para ponerla donde corresponde, y no en cosas irrelevantes.

También vi sufrir a mucha gente, a un par por amor, a otras también por amor, pero no de esa clase. Descubrí que canalizo los sentimientos ajenos, pero supongo que es una “cualidad” de cancerianos. Como sea, me afecta mucho sentir por los demás.

Me alejé (físicamente) de una persona, pero me acerqué más de otras maneras. Descubrí el pasaje de amistad a mejor amistad, y es una de las mejores cosas que me dejó este año: constatar que la presencia física no determina la calidad de una relación.

Pude quitarme un poco el peso de la mirada ajena, y poder salir a la calle vestida con lo que se me canta, así como decir lo que pienso sin intentar agradar todo el tiempo.

Mantuve charlas muy intensas, en un noventa por ciento poco alegres pero no por eso malas. Reafirmé varias ideas y me replanteé otras más.

Mucha gente me dijo que la tengo clara. Mi madre me repitió varias veces que soy muy indecisa. Dí más abrazos que en toda mi vida, y con ellos supe abrigar y que me abriguen.

Me sentí muy sola estando más acompañada que nunca. Miré mucho hacia atrás pero esta vez con otra mirada.

El amor tomó formas que no tenía bien definidas. Y eso sin dudas es lo mejor que me pasó.

Hablé de mis miedos y me enojé sin motivos.

 

Pero por sobre todas las cosas, me aclaré.