Un mal sueño.

Desperté en medio de una pesadilla. De esas que te dejan inmóvil por unos cuantos minutos y que no te dejan con valor para volver a cerrar  los ojos y volver al mundo de los sueños. Esas pesadillas que debés procesar una y mil veces para comprender que sólo fue eso: un mal sueño. Aunque no podés dejar de pensar que quizá algún día ese breve relato en imágenes pueda volverse realidad…  y éso es, precisamente, lo que más aterra…

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Esperando la tormenta…

Acá, sentada en mi cama, dejando que las palabras vayan de mi cerebro a mis dedos, a una pantalla, a los ojos de quien me lee.

Alzando la vista cada tanto para observar hacia afuera desde mi ventana. Se aproxima la tormenta. Mejor llevo el paraguas.

Porque aunque el clima me de ganas de quedarme en casa, se que no puedo. Hay algo que me espera fuera y que me hace salir de las cuatro paredes de mi habitación. Hay algo que me dice que hoy no se descansa. Y aunque me queje, por otro lado me siento feliz de no tener que ser/estar como antes.

Porque si hoy espero una tormenta literal, antes esperaba tormentas metafóricas. Y se muy bien cuál de las dos son peores. Porque, aunque cansada, al menos distraída. Al menos alienada, consumida por la rutina. Pero tranquila… (?)

Comienzos.

Todo comienza con un chiste, con una broma, con una carcajada compartida. Con risas que suenan como una sola y terminan transformándose en suspiros de dos personas que se atraen un poco.

Todo sigue con un interés mutuo tan repentino como profundo. Tan apasionante como estúpido, porque algo que hace poco tiempo no existía y de repente pasa a ser lo más importante de todo, no puede sino ser estúpidamente inexplicable… Pero no por eso malo.

Entonces te das cuenta de que esa persona ocupa más de la mitad de tus pensamientos, y todos y cada uno de tus sueños. Sabés que no podés dejar de pensarla, aunque lo intentases (pero no quisieras). Y finalmente te rompés la cabeza pensando, decidiendo qué hacer o no hacer con ese sentimiento que crece cada día más.

Si tan solo supieras que es mutuo…

Probablemente me quede sola… o no.

Conozco mucha gente: gente a la que veo todos los días porque convivo con ella, gente con la que trabajo, gente con la que estudio, gente que veo a menudo, gente que veo poco y nada, gente a la que jamás vi en persona pero sin embargo estoy en contacto bastante tiempo. Conozco mucha gente.

Ahora, de todas esas personas, hay muchas de las que he decidido prescindir a lo largo de mi corta vida. Personas que me han demostrado que no son lo que yo creía. Personas que significan mucho para mi, pero yo no significo lo mismo para ellas. Entonces, de todas las personas que conozco, hago un gran recorte y me quedo con, supongamos, la mitad de todas ellas.

De ese grupo reducido, me encuentro con algunas que me demuestran incondicionalidad permanente, sin importar lo que yo sea, diga o haga. Sin importar más que mi persona en cuanto tal. A todas ellas les retribuyo de igual manera, porque se que el sentimiento es mutuo y realmente forman una parte muy importante en mi vida. El resto están ahí porque me llevo bien, porque me hacen reír, porque compartimos buenos momentos… pero nada más allá de eso. Nada más profundo.

Entonces me doy cuenta de que, de todas las personas que conozco, solo unas pocas realmente importan. Sólo unas pocas, que literalmente puedo contar con los dedos de las manos, y basta. Entonces a veces temo quedarme sola, con tantas exigencias a la hora de escoger de quién rodearme, en quién confiar, de quién ser amiga, a quién amar (aunque esto no pueda elegirse, claro…), a quien retener y a quién dejar ir.

Y finalmente me doy cuenta de que, aunque pocas, estas personas son algo tan valioso que haría lo imposible por retenerlas a mi lado. No de manera posesiva (cada uno es dueño de hacer lo que quiera y lo entiendo, no me malinterpreten), sino de manera real, demostrándoles que puedo ser para ellas lo que ellas para mí. 

Probablemente no me quede sola… o si. Depende mucho de mí.

Situaciones.

Se supone que con tantos planteos debería poner manos a la obra y palabras en mi boca. Se supone que un pensamiento como este debería llenarme de valor para hacer lo que debí haber hecho hace algún tiempo.

Una vez más, la cobardía manda…

Sería por eso que amaba las clases de Lengua y Literatura…

Sería por el hecho de que gran parte de la clase transcurría en un profundo silencio, en el cual la profesora de turno nos indicaba dejar volar la imaginación y crear a través de la palabra escrita.

Sería por el hecho de que, mientras más se rompían la cabeza los demás intentando crear algo que respetase las consignas propuestas, mi cabeza no dejaba de volar, más lejos y más alto, hasta obtener alguna creación que más o menos se ajustaba a la extensión pretendida. Digo más o menos porque siempre me pasaba del límite (ese ha sido quizá uno de los pocos límites que he superado en la vida: el de la imaginación)

Entonces, cuando aún quedaba media hora para terminar el ejercicio de redacción, me recostaba sobre el pupitre y me aburría, porque el tiempo me sobraba y porque no quería que mis compañeros me pidiesen ayuda. Siempre he sido muy celosa de mis creaciones, por mucho o poco que valgan, ya que salen de lo más profundo de mí, como si de un hijo se tratase.

La profesora no tardaba en darse cuenta de mi velocidad, ya que con el tiempo se había acostumbrado a mi forma de actuar durante sus clases. Entonces me pedía que le muestre lo que había escrito. Ella lo leía y una sonrisa se le formaba en la cara. Me felicitaba y mi orgullo se hinchaba de una felicidad silenciosa.

Y cuando finalmente todos terminaban la tarea, ella me pedía que compartiese mi narración con la clase. Cosa que odiaba y amaba hacer al mismo tiempo. Odiaba el hecho de tener que leer en voz alta para los demás, pero amaba el hecho de sentirme la favorita de la profesora por algún mérito tan precioso como lo es la creación a través de la imaginación (y no el clásico ¨chupamedismo¨ que implementaban el resto de los alumnos).

Entonces mi alivio era enorme cuando sabía que podía tenderle mi cuaderno para que ella leyese por mí, brindándome así la posibilidad de destacarme de una de las pocas maneras que aún me gusta hacerlo: creando libremente sin sujetarme a ninguna verdad absoluta.