En el tren.

Viajaban en mi mismo vagón dos parejas. Una de ancianos y la otra de adolescentes.

Me detuve a observar en primer lugar a la de ancianos, ya que la otra apareció minutos más tarde. Ambos iban de pie, ella con una mano en el hombro del hombre, el cual se la sujetaba con una de sus manos. La mujer era bastante más alta que él, y a pesar de sus edades, ambos lucían rejuvenecidos. Sus posturas no era las de ancianos encorvados y cansados, sino las de personas relajadas y activas. A verlos me sentí feliz por ellos.

A los pocos minutos de partir el tren, entró al vagón la pareja de jóvenes. Tanto el chico como la chica tendrían alrededor de unos diecisiete años. Se la pasaban besándose, enroscados en un abrazo que no tenía ni principio ni fin. Cada tanto ella miraba a quienes tenía a su alrededor, yo incluída, como un animal cuando come y vigila su alimento con toda la celosía del mundo. Veía en los ojos de ambos la sorpresa de quien descubre algo que todo el mundo ya conoce por su propia cuenta.

Cada tanto los ancianos observaban a los chicos y viceversa. Yo los observaba a los cuatro. Me sentí vieja por un lado y tan joven por el otro…

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