Y de quien siembra vientos que se dice “ya lo sabes”,
Solo cuando te quebraste, solo entonces me di cuenta, era yo.

El huracán
De una escala descomunal
Crecido en su arrogancia
Por sí mismo dio una vuelta en espiral.

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La gata que venia del cielo.

Pequeña, desconocida, inconsciente, a la deriva.

De un hogar a otro dentro de un taxi, dentro de una mochila envuelta en un abrazo.

Las orejas atigradas, traslucidas a través de la luz del sol. La perdida del temor casi instantánea, la inspección de la nueva breve casa. La apropiación de un rincón en la cama, y de otro en mi corazón.

Los despertares anticipados, las noches de juego imprevisto, las marcas en mis brazos que llevare por siempre. Muchos estornudos, un proceso quirúrgico, el traslado a una nueva casa (un poco mas grande), y mas estornudos.

La sincronicidad a la hora de cenar, la cadencia del saludo cuando abro la puerta de la calle al regresar, la mirada fija detrás de la cortina de la ducha cada manana.

La tonta confianza ciega en lo desconocido, los mordiscos repentinos ante demasiados mimos, los ataques sorpresa en medio de la noche, simplemente porque si.

El amor incondicional pero a su manera, dosificado, breve pero dulce. Una extensión de mi alma.

Albergue Transitorio.

Era una de esas tardes de lunes bastante concurridas para lo que se cree o se sospecha. varias parejas que si no se trata de adolescentes con uniformes escolares (recién cumplidos sus dieciocho), se trata de personas que rondan entre los veintilargos y los cincuentaytantos.

Los mas jóvenes se asoman a la ventanilla con indecisión (en su mayoría). Ellos se adelantan a la chica, como protegiéndola (como si yo no pudiese verla a través de las cámaras de seguridad), y ella se entretiene contando los ladrillos de la pared pero observando de reojo la situación. Ellos son tiernos, inocentes, exploradores de lo oculto.

Luego están los otros, los que me gusta llamar (prejuiciosamente, seguro, o quizás no), los infieles. Desde apresurados ingresantes a pie -las medias corridas, las corbatas aflojadas, los cabellos agitados, las frentes transpiradas, aun en pleno invierno- hasta autos con vidrios polarizados, hasta despreocupados que bajan el altísimo volumen del stereo apenas antes de meterse por entre las tiras plásticas de la cortina de  la entrada.

A este ultimo grupo no puedo evitar atenderlos con mala predisposición. No se, es mas fuerte que yo. A veces, para tratar de escapar de mis prejuicios pienso que alguna de esas mujeres copiloto que acompañan  al adinerado  propietario de cierto Audi no son mas que pobres amas de casa maltratadas por su pareja,  o alguna secretaria del fulano que no hace mas que llorar en los pasillos de la oficina porque ha descubierto una infidelidad de su flamante esposo. Imagino todo esto en menos de un instante y entonces sonrío a la ventanilla del auto aunque no puedan verme de manera compasiva.

Hace ya diez meses que trabajo en este lugar y siento que nada va a dejar de sorprenderme mientras ocupe este puesto. Cada tanto me toca trabajar a la noche, y de nuevo las parejitas de pibes que me encaran desinhibidamente (evidentemente bajo el efecto del alcohol o quien sabe que) para preguntarme a las once de la noche si ya pueden quedarse a pernoctar. Divertida (no se por que de ellos no se me ocurre sospechar que están cagando a alguien, realmente no se…) les respondo que eso es a partir de las dos de la madrugada, y les sugiero que vayan al parque de a la vuelta a mirar las estrellas. A las dos de la madrugada y dos minutos los tengo allí de vuelta, a veces mas calmados, a veces mas revolucionados aun.

Me ha sucedido de atender el teléfono que se encuentra en la habitación, solucionar el pedido de alguien y que el tubo del aparato quede descolgado (sin querer, quiero creer). Esta mal lo que voy a confesar, pero no me carcome la moral decirles que no cuelgo el aparato hasta que llega algún otro cliente y temo ser descubierta. Me divierto, que se yo…

Y los que realmente me dan ternura con las parejas de chicos gay que casi siempre vienen de la fiesta que se celebra los sábados en el boliche de enfrente. Muchos de ellos me doy cuenta que acaban de conocerse. Vienen de la mano, ellos si sin vergüenza u ocultándose, o uno colgado por detrás del cuello del otro. Rien a carcajadas, no les importa nada.

Es raro este trabajo, me han pedido sugerencias de alguna habitación u otra, me han preguntado (en chiste pero en serio) si las habitaciones tienen cámaras ocultas en alguna parte (por supuesto que no!) y hasta me han ofrecido formar parte de algún menage a trois (de momento no, gracias, quizás fuera de mi horario laboral…)

Acabe (?) en este lugar como quien no quiere la cosa, cubriendo la licencia de embarazo riesgoso de mi hermana, luego su licencia por maternidad como feliz y orgullosa tía y madrina, y quizás sea así por mucho tiempo mas, porque ella no da muestras de querer volver a este sitio, y mis superiores están satisfechos con mi trabajo.

Como les dije, de momento me divierto. No me molestan los horarios rotativos porque no tengo a nadie que me espere en casa. Cada tanto espero ver al infeliz de mi ex entrar acá en su mini cooper blanco con la tarada de su compañera de esgrima (pobre insulsa, ella no tiene la culpa de nada en realidad). Aunque realmente dudo que suceda, ahora si que no tienen necesidad de ocultarse de nadie. En fin…

 

 

…Puedo contarles algo mas? Me encanta cuando la gente se queda a pernoctar. No se, siento que la visita al lugar no es mas que sexo animal (y muchas veces fugitivo). Se me desvanecen los prejuicios cuando alguna habitación pide el desayuno y me imagino entonces a ella azucarandole el café a el, o al chico dándole una medialuna de mas a la chica porque la resaca le pide que llene su estomago, o al gracioso que unta de mermelada la nariz del que aun no logra despertarse.

No se, es algo que no puedo evitar, así como tampoco puedo evitar despedir a estas parejas a la luz del alba, con una sonrisa genuina.

Dirigido.

Este es para vos, que te pusiste a leer este blog como ningún otro lector jamas 🙂

para vos que queres encontrar aquí cosas que seguramente no salgan de mi boca (seguramente lo has logrado)

para vos que puede que te hayas sentido raro leyendo algunas cosas pero sin embargo hayas seguido adelante (quizás en una actitud un tanto masoquista)

y para vos, que esperas encontrar algún clic o cambio (muy sutil o catastrófico) a través de tantísimos posts.

 

Solo quiero decirte que este espacio es un campo abierto en mi corazón, un sitio al que no muchas personas acceden y es simplemente porque yo así lo quiero. Prefiero que me lean desconocidos, como cuando uno confía mas en un psicólogo que en un amigo, ya que cuando lo hace alguien cercano a mi me quedo a la expectativa; a la expectativa del que pensaran.

Cuando hayas llegado al final del recorrido (hiciste muy bien en comenzar a leerme desde el comienzo propiamente, para que se trate de una lectura deductiva y no inductiva), espero tener algún tipo de devolución, ya que esto es para mi una forma de manifestación, y las manifestaciones están hechas para crear alguna reacción en quien las recibe. Dicha devolución no necesariamente necesita estar formada por palabras, puede limitarse a un abrazo o a un afectuoso “Se un poco menos idiota”; de todas maneras sera bien recibido porque espero sea tan sincero como estas palabras que van desde aquí hasta hace muchísimos meses atrás.

El mar! …hasta gritar Basta!

Acabo de despertar.

Anoche volví a soñar con el mar. Como siempre, desde hace mucho, ante alguna situación de ese tipo.

El paisaje era inmenso, yo estaba rodeada de un par de afectos y el ambiente era vacacional: mucha gente por todas partes, autos estacionados en la playa que era de pasto (?), empanadas gigantes asándose en parrillas (yo comía una de carne), y yo parada un poco mas allá de la orilla.

Yo desde allí controlando todo: que mis amigos se estuvieran divirtiendo, que mi familia no se fuese a meter demasiado dentro del oleaje (que es importante aclarar que estaba calmo), y quizás olvidándome del resto que también ya es grande y se supone sabe como cuidarse.

El oleaje era calmo, si, pero estaba un poco contaminado. Algún que otro desconocido salio corriendo del agua quejándose con una estrella de mar pegada en la pantorrilla, como si un episodio de dibujos animados se tratase.

Y luego y jugaba a las escondidas con mi amigos, pegaba stickers de Pokemon en una carpeta con una amiga y su hermana fanáticas del anime. 

Y previo a todo esto (acabo de recordarlo), una cena en un elegantisimo restoran de Puerto Madero para dos, seguida de un pernocte en un elegantismo hotel transitorio del que nada recuerdo (quizás nunca estuve allí, quizás no haya demasiado para recordar…). Una velada ganada en un concurso de no se que, y luego uno de esos coches con mucha suspensión para andar en la arena (una especie de jeep? descapotable, rojo), estacionado a la salida del albergue que robamos fuera de mi consentimiento pero sabiendo que de otra manera no contaba con medio de transporte para salir de aquel lugar.

Inmediatamente una travesía a toda velocidad sobre la playa, y yo muerta de miedo, y allí es cuando llegamos al punto de origen e inmediatamente me perdí de el…

 

De momento el oleaje se mantiene calmo.

Estos sueños marinos se remontan a mi adolescencia, y desde allí a cada crisis del mismo estilo que dejan de invadir mi inconsciente una vez resueltas, no sin antes darme un buen chapuzon en ellas.

Por suerte durante todo este tiempo he aprendido a nadar. Solo espero no sufrir calambres en el intento.