Las últimas defensas caen, de repente, todas al mismo tiempo. Y aún esperando eso, mi preparación fue nula. Las señales nunca dejaron de hacerse notar, aunque puede que nadie las haya querido ver. Lo entiendo, se que no soy el centro del universo, pero me hubiera gustado ser el centro de alguien, así como yo me compongo de varios centros (nunca del propio). Ya no soy más que lágrimas y lamentos. Lagrimas y lamentos para todo: porque todo es malo y nada es bueno. Tengo ese pequeño ser en mi interior (en mi cabeza, en mi alma, no se), que todo lo transforma en oscuridad: incluso se está encargando de mis pasiones y mis temores, y ninguna de las dos cosas debe ser jamás llevada a la oscuridad, ese profundo pozo del que no se sale dos veces. Porque somos pasiones y temores en partes iguales, y ya apenas queda rastro de lo segundo (lo primero se ha perdido hace tiempo, no sabría especificar cuándo). Y lamento, cada vez más a menudo, haber involucrado a ciertas personas en esto: son siempre las que cumplen el mismo rol en mi vida. Agradezco de todas formas tener la firmeza de saber decir “basta” en el momento indicado, dejando detrás de mí un derrumbe ajeno y propio que acarreo cada vez con menos fuerza. Se que puedo estar loca, supongamos que vuestras vidas siempre fueron perfectas y nunca sucumbieron a las eternas garras de la depresión (perdón, Depresión con mayúsculas, porque es una Señora Enfermedad), entonces no puedo pedir jamás (no lo hago) que me entiendan un poco. Porque de esto no se sabe hasta que se vive en el propio cuerpo, en la propia mente, en la propia alma. Ya no hay nada ni nadie que pueda extender su brazo lo suficiente como para sacarme de este lugar: este cálido nido tan cómodo, tan mío y de nadie más (aunque a veces lo he compartido pero ya estoy lo suficientemente madura como para saberme y quererme sola). Quisiera que se entienda que no se trata de días malos, un mal empleo o algún desamor, sino de la causa que da lugar a las cosas mencionadas y más; una vocecita que me canta desde la cuna y me susurra al oído que no merezco ser feliz, que debo sabotearme, y más si de amor se trata. La misma vocecita que fue mi radio a pilas cuando no tenía el juguete que quería, mi amigo invisible cuando me sentaba sola en el recreo, mi primer novio cuando ningún chico me miraba, y esa sombra simbiótica que luego de tantos años conmigo se aferra a mí más que nunca para no dejarme ir. Me es terrible pero a la vez natural, es una parte de mí que viene oculta con mis sonrisas de enamorada, es quien te da la mano por primera vez cuando decidimos que vamos a ser grandes amigos, es la que se sienta a mi lado en cada entrevista de trabajo, es quien me despierta cada día incluso antes que el despertador para hacerme ver una vez más la luz del Sol filtrándose por mi ventana…

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