Un cuerpo,

dos cuerpos.

Dos cuerpos que son uno en una simbiosis escalofriante,

Dos cuerpos que están lejos pero se sienten uno dentro del otro,

como un par de muñecas rusas abandonadas por las demás.

Dos cuerpos, dos mentes, un sólo corazón

compartido, destruído, reunido.

Dos cuerpos que se atraen, cual polos opuestos, 

y que se voltean, para repelerse a su antojo.

Dos cuerpos que se miran a través de sus pares de ojos, 

indagando a través de sus pupilas en lo más hondo del otro.

Dos cuerpos siameses, recortados, separados. 

Un alma añeja, demasiado inmensa como para caber en uno solo.

Un alma que nos habita y nos rehabilita, cada vez que dudamos de nuestra realidad.

Somos nosotros, a lo lejos, daltónicos ante tanto color, 

que se vuelve gris al aproximarnos.